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Carlos Herrera  

 

COPE

La actualidad económica en 'Herrera en COPE' con el profesor Gay de Liébana.

Piso la calle. Hablo con empresarios. La gente corriente me explica sus temores para cuando el verano toque a su final. Palpo un halo de pesimismo. El respetable, Don Carlos, se queda pasmado oyendo que, a guisa de puntilla para nuestra delicada economía, habrá aumentos de impuestos, justo todo lo contrario que hacen Alemania, Francia e Italia, que bajan impuestos. Si reconstruir económicamente España consiste en subir impuestos a rentas altas - que en comparación con otros países son modestas -, en hacer tributar más a patrimonios construidos a golpe de esfuerzo y en recargar la tributación de las grandes empresas, eso es pan para hoy – y no mucho - y hambre, mucha, para mañana. Esas rentas altas no son de ricachones que no pegan clavo, ni millonarios ociosos, sino de talentosos currantes que, con ingenio y empeño, picando piedra se ganan la vida, impulsan empresas, invierten, dan trabajo y son la cara opuesta de un país que va cayendo en la confortabilidad de su graciosa majestad el subsidio.

Apretar las clavijas a las rentas altas es sugerir a quienes hacen grande España que se larguen de aquí. Subir la tributación a las grandes empresas es invitarlas a que se desespañolicen y asienten sus reales y centros operativos, por ejemplo, en Irlanda, donde les esperan con los brazos abiertos y todas las facilidades habidas y por haber, o en Luxemburgo, tres cuartos de lo mismo. Amenazar con más impuestos es aviso para navegantes con capitales foráneos que invertir a que no recalen en España, conminándoles a que desplacen sus dineros, inversiones y empleos hacia otros países. Si todo eso, Don Carlos, es reconstruir España, entonces hemos conjugado mal el verbo: tendríamos que haber conjugado su antónimo, o sea, destruir. Presente negro, futuro como el carbón, Don Carlos...