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Carlos Herrera  
ABC, 6 de julio de 2018
Víctimas de la antipolítica

Los perjudicados vamos a ser todos nosotros

DICE Vicente del Bosque que a España la eliminó del Mundial el antifútbol. Ciertamente no he profundizado en el artículo y no he tenido tiempo de saber si el seleccionador español se refiere al practicado por la propia selección o al que jugaron sus rivales, pero el símil me sirve para algunas pinceladas, siendo la más inmediata que el gobierno sobrevenido mediante moción de censura también puede ser víctima de una suerte de antipolítica, consistente en aliarse con los peores socios posibles. Sánchez debe su cargo a formaciones tan ejemplares como los independentistas catalanes, los proetarras vascos (incluidos peneuvistas) y los clarividentes del séptimo día de la ultraizquierda de Podemos. Y a cada uno ha de cumplimentar; no son formaciones políticas que obren por altura de miras o preceptos de sensatez común: son usureros de la antipolítica y quieren cobrar sus ditas como sea y a ser posible pronto. ¿Debemos conceder a maniobras como las que estamos presenciando la categoría de «política»? ¿Debemos resignarnos a entender que estas cosas son las que engendran ese reino de lo posible al que hemos equiparado el concepto político?

La política no consiste en comportarse como mercaderes cortoplacistas empachados de fraseología demagógica, barata, simple y de arquitectura intelectual absolutamente endeble. El noble ejercicio de la política, que es administrar los recursos comunes para organizar la vida de las personas y garantizar cierto acceso al bienestar o, cuando menos, cierta evitación del malestar, es uno de los patrimonios de la vida relativamente moderna mediante el cual se han evitado conflictos mayores y se han proporcionado sólidos pasos a los seres humanos hacia estabilidades sociales imprescindibles. ¿Qué tiene que ver la política, pues, con convertir a Podemos en muleta de un gobierno como el de Sánchez, o con hacer de racistoides indeseables como Torra y cualquiera de sus vomitivos portavoces unos admisibles compañeros de conversación y/o negociación? Sánchez, buen pagador, no ha tardado dos días en anunciar que trasladará presos etarras al País Vasco (no así a otros vascos presos por otro tipo de delitos), en poner a los presos soberanistas a recaudo de los mismos soberanistas que exigen su libertad, en dar carta de naturaleza a las exigencias autodeterministas y en entregar, como regalo de bodas, la radiotelevisión pública a una banda de extrema izquierda como Podemos que va a transformar la radio y la televisión en un remedo de publicaciones de periodismo adolescente y sectario al estilo de aquellas en las que ha ido a buscar a los primeros candidatos para el cargo de máximo mandatario. Si alguien cree que ese mangoneo, ese bochornoso espectáculo de mercachifles, ese intercambio de cromos gastados tiene algo que ver con la política es que no ha conocido cómo la política puede ser desarrollada por personas con densidad moral y elevados principios tanto históricos como circunstanciales poco habituales en los tiempos que corren. ¿Qué clase de memorias podrían escribir individuos como los protagonistas de este último y prodigioso mes? ¿Alguien cree que podrían tener algún interés más allá de la morbosa curiosidad por conocer el grado de desenvolvimiento en el manejo de la simpleza semántica en la que desarrollan su actividad?

Esperemos impacientes por comprobar hasta qué punto Sánchez puede ser víctima de la antipolítica de la misma manera que la infausta, aburrida e inútil selección de fútbol lo ha sido del antifútbol. Los primeros pasos establecen, en proyección, un panorama desolador en el que cualquier pestilencia es posible, pero el problema no estriba en cómo puede perjudicar al «polite» presidente ese chalaneo con lo peor del parlamentarismo español: la suerte que corra su gobierno es lo de menos, el problema está en que los perjudicados vamos a ser nosotros. Lo que luego les pase a ellos debería traernos sin cuidado.