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Carlos Herrera  
El Semanal, 12 de octubre de 2003
La música contemporánea

Le canta a todo lo que se mueve, pero su especialidad es el ámbito familiar. 

Una guitarra la cojo yo y suena como una metralleta asesina en manos de un orangután; me pongo al piano y eso se parece más a una catarata afónica y destemplada que a un instrumento musical; si canto, mis amigos echan a correr aunque caiga una lluvia ácida finisecular. No estoy hecho para la música que tanto amo. No quiso Dios. Canto de la peor manera que se puede cantar: regular. Cantar mal es casi tan difícil como cantar bien y un individuo absolutamente atonal y arrítmico tiene tanto atractivo como Pavarotti. Los peores somos los que estamos en medio, los que atinamos de vez en cuando, los que remedamos algún trino soportable, los que no somos ni chicha ni limoná. De ahí que me fascinen tanto esos tipos que insisten en ser artistas y que se financian sus propias grabaciones, que las distribuyen a mano, que escriben sus propias canciones imposibles y que renuncian tozudamente a ejercer profesiones comunes para ser estrellas de microcosmos concretos.

Un pulcro sentido del respeto y de la piedad me impide dar nombres, pero mi admiración por ellos no tiene límites: uno de ellos, tal vez mi favorito, es de una pedanía albaceteña próxima a la capital y lleva años, lustros quizá, intentando el reconocimiento colectivo desde unas canciones perfectamente enmarcables en el arte contemporáneo más común. Le canta a todo lo que se mueve, pero su especialidad es el ámbito familiar. Este artista concluyó hace muchos años que si grababa canciones con todas las combinaciones posibles entre celebración y sujeto, sería radiado sin cesar en los programas de discos dedicados entonces muy comunes en España. Por ejemplo: en una fila se colocan todos los parentescos posibles entre personas, abuelo, abuela, padre, madre, hijos, sobrinos, nietos, primos hermanos, primos segundos, y en otra fila se sitúan las celebraciones propias de estas personas, cumpleaños, onomásticas, aniversarios de boda, comuniones, etcétera.

A continuación es tan sencillo como establecer nexos entre ambos capítulos: cumpleaños de mi nieta, santo de mi abuelo, aniversario de mis padres, comunión de mi sobrino y así. En su lógica, suponía que cuando se fuese a celebrar algo, lo que fuera, recurrirían a sus canciones ya que contemplaba todos los eventos posibles. Desgraciadamente no siempre fue así ya que el gusto por el surrealismo de la ciudadanía no está lo suficientemente extendido como para que llegara a ser el referente español de la canción dedicada, pero sus obras completas quedan ahí, para la historia. La temática de las canciones era desconcertante: cuando felicitaba a su bisabuela -de longevidad extraordinaria a tenor de la edad del pollo- argumentaba la calidad humana de ésta alegando que cuando iba a la playa paraba antes en el mercado para comprar un pollo asado para los suyos, lo cual sugiere una imagen desbordante de una centenaria que no sólo va a nadar sino que, además, hace la compra diaria. Todo eso, por supuesto, cantado muy malamente, desentonado por igual en todas las piezas y atribuyendo a su obra conjunta una impronta común, es decir, haciendo todas las canciones igual, con dos o tres acordes.

Yo, que soy un enfermo del mal gusto, que cada día me gusta más lo que no me tiene por qué gustar nada, tengo su antología casi al completo y dedico más tiempo a hacerme con lo que me falta que a adquirir incunables de los Credence, sin ir más lejos. Uno, con la edad, ha ido aprendiendo que la tibieza desdeñable está en esas medianías que cantan con desgana y que triunfan en los medios de forma apabullante. Las sensaciones fuertes anidan en gargantas desestructuradas, en los que manosean la música con un oído enfrente del otro, en los que perpetran canciones desde la ternura de los perdedores. Escuchar a tipos así eleva el espíritu creativo y demuestra que, en arte, está todo por escribir. Además, si triunfan algunos de los que exponen en cualquier antro de arte contemporáneo... ¿por qué vamos a negarles el derecho al éxito a estas otras criaturas? (Haré una excepción y les diré el nombre: se hacía llamar `El Profeta de Albacete´. Busquen sus discos. No se arrepentirán.)