artículo
 
 
Carlos Herrera  
El Semanal, 23 de enero de 2005
Me llamo Fernando, Fernando Cortés

Yo, que habitualmente me río poco, me retuerzo en el sillón

 


Un humorista puede pasarse años y años haciendo más o menos gracia, peleando el esquetch –que no se escribe así, pero da igual–, luchando por encontrar la dificilísima clave de la carcajada… hasta que, de repente, un día, sin saber por qué, da en la tecla con la chorrada más sublime. Tengo en mis hijos a unos seguidores pertinaces de Cruz y Raya, humoristas que han ido ganando con el tiempo lo que otros han ido perdiendo con el mismo: su emisión es una cita tan ineludible que renunciamos a la pelea por el orden jerárquico que supone el mando a distancia. El humor de esta pareja de manchegos suele gustar a gente mayormente despreocupada por encontrar en una frase el mismo sentido de la existencia. Son voluntariamente elementales, quiero decir, lo cual no va en su demérito, ya que saber qué es lo que hay que hacer para conseguir a un público mayoritario es labor de no poco talento estratégico. Hará unas cuantas semanas, en viendo su programa en TVE, concluí que habían encontrado una clave solemnemente chorra, pero solemnemente definitiva para enganchar al público una y otra semana. El sublime Remolino, tocaor antiguo y sobrado, memoria pura del mejor flamenco y acompañante habitual de estos dos artistas, representaba a un individuo que sólo decía: «Me llamo Fernando, Fernando Cortés» y que movía al descojone merced a la repetición hasta la náusea de tal aserto. Probablemente, la comicidad surgió de forma espontánea una buena tarde de ensayo y decidieron recrearla en uno de sus programas. Sabedores de que cuando una fórmula funciona conviene seguir con ella, han perpetuado el numerito. Tan sumamente bien que uno sólo espera los viernes para oír a Remolino decir que se llama Fernando, Fernando Cortés. Yo, que habitualmente me río poco, me retuerzo en el sillón.

Así ha pasado en la historia de los cómicos desde que el telón se alzara por primera vez. Roberto Font, que era un descomunal actor tan desgraciado como genial, basó su comicidad en una forma muy especial de mascar las palabras. Uno de sus números más simples consistía en recitar un poema que le iba soplando una voz femenina de fondo distorsionándolo hasta la carcajada más absoluta. Le recuerdo una de sus últimas apariciones en un programa dominical de televisión, allá por los primeros setenta, recién vuelto de las Américas y colado de rondó en la pequeña pantalla de una España que parecía no recordarlo. Andrés Pajares, que es uno de sus grandes seguidores –y de los pocos que lo recuerda constantemente– sabe remedar su voz perfectamente. Llega a emocionar, incluso, a quienes hemos sido grandes admiradores de aquel gran talento olvidado de la escena española y mejicana. Es rara la vez que nos encontramos en la que no hablemos de Roberto Font. El mismo Andrés inmortalizó un número tan enorme como simple que consistía en representar a un camarero que atendía a una clienta (¿se dice clienta?) que insistía impertérrita en demandar una madalena, a pesar de que éste le advertía que no tenían tal producto de bollería. El número concluía con el camarero desesperado atizándole con el trapo y la bandeja a la impávida y ajena consumidora. Ni que decir tiene que iba ganando comicidad a medida que la muy estúpida añadía «Y una madalena» a la retahíla de productos que le ofrecía Pajares. Era una tontería, pero Andrés no ha podido desprenderse de ese cuadro surrealista y simple, aunque técnicamente perfecto. Los mismos Morancos, Jorge y César, encontraron en la parodia de una hija ordinaria y su madre pretendidamente fina el filón buscado durante años. La imagen de Jorge, camuflado de Antonia llamando a su hijo «Josuaaaaa» por el balcón, es absolutamente definitiva y atronadora. Una sola palabra, una sola entonación. Nada más. Pero nada menos, claro. La risa de Ángel Garó cuando representaba al chistoso torpe que no se acordaba de los chistes, como la forma de masticar las palabras de Faemino o la mueca risible de Millán, de Martes y Trece, son ejemplos de lo mismo.

Por ello suplico que Cruz y Raya dosifiquen como quieran a Remolino haciéndose pasar por Fernando, Fernando Cortés, pero que no me supriman, por favor, la carcajada de cada viernes.

 

Cruz y Raya - Blasa:  Agencia matrimonial, con Fernando Cortez