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Carlos Herrera  
ABC, 30 de diciembre de 2011
Los norcoreanos de aquí mismo

AMPLIARTIENE veintisiete años y la criatura ya es el Máximo Líder de la dictadura más misteriosa del mundo. Serio, impenetrable, y un poco grasiento, el hijo del muerto hereda no un cetro mediante el que estabilizar los poderes litigantes de una democracia a la que servir desde la imparcialidad y la sensatez, sino el poder absoluto, incuestionable, inapelable, con el que disponer literalmente de la vida de un país entero, sometido a las privaciones más severas y al control milimétrico de las conciencias. Este muchacho regordete con aspecto de faraona acaba de recibir siete bombas atómicas, un ejército de millón y medio de personas, una policía experta en la represión y un vasto sistema de chivatos, delatores y traidores con el que meter en vereda a un país de autómatas. Pocas sorpresas cabe esperar de él: Corea del Norte seguirá siendo un Reino misterioso, hermético, impenetrable y absurdo. En cuanto a él, no tardarán en atribuirle la creación de siete u ocho óperas —como a su antecesor—, el dibujo de la próxima estación espacial china, la resolución de todos los misterios matemáticos pendientes y la redacción personal del diccionario enciclopédico coreano de la A a la Z. Si no varía el rumbo tomado por su eterno abuelo —los herederos comunistas suelen deparar muy pocas sorpresas—, los norcoreanos seguirán acudiendo como zombies a su trabajo, a las demostraciones sindicales monumental y perfectamente sincronizadas de la plaza de Pyongyang y a la búsqueda permanente de alimentos con la que dar de comer a sus vástagos. Entretanto, el mundo asistirá entre perplejo y tronchado al espectáculo de adoración que semejantes semidioses concitan entre sus súbditos. En cuanto a la despiporrante «performance» de hombres y mujeres golpeándose el pecho entre supuestas lágrimas por la muerte del padre supremo, no dejen de caer en la cuenta de que en ese tipo de sociedades todo el mundo sabe qué hacer cuando hay una cámara cerca: a mí, desde luego, no me llamarán la atención en mi centro de trabajo por el poco entusiasmo puesto en el lamento por la muerte del Querido Líder. ¿Hay que llorar? Pues a todo lo que da.


Pero, afortunadamente, mientras en el mundo entero se suceden las reacciones entre indignadas y de cachondeo por la puesta en escena y el fondo real del tránsito de poder en Corea del Norte, en una pequeña aldea de Europa, Sevilla, Andalucía, resiste una célula valiente y vitaminada que pide aplauso para el pobre fiambre y que reivindica el buen nombre del dictador depuesto por un sobreesfuerzo físico y mental. Las Juventudes Comunistas de Sevilla, en comunicado dirigido a Occidente, reclaman el aplauso a la memoria de Kim Jong Il en virtud de las justas políticas que han llevado a su pueblo al paraíso del socialismo y como consecuencia de su titánica lucha contra el imperialismo. Sin ningún tipo de anestesia ni párrafo que relativice el aplauso, estos supuestos jóvenes con un pequeño sátrapa en el corazón, añoran para su país, se supone, una república hereditaria comunista en la que los disidentes sean encarcelados y las prohibiciones sean dictadas por sus caprichos. Sorprende que siendo tan joven ya se pueda ser tan idiota y que aún anide en los corazones cachorros del comunismo tanto odio por la libertad de los demás. Están en su derecho de llorar la muerte de quien quieran —¿qué escribirán cuando muera Fidel?—, pero con notas como la mentada no hacen sino darnos pistas a todos sobre la formación intelectual de sus mayores. Leyendo tal exabrupto se entiende de dónde salen tipos como Cayo Lara y compañía y cuál es el tipo de República que machacona reivindican hasta cuando asisten a partidos de segunda regional. Por mucho que disimulen, se les acaba vislumbrando el lobo que esconden.