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Carlos Herrera  
ABC, 23 de enero de 2026
Pemán vuelve a do solía...

Pemán, asesino. ¿Qué dejarán estos imbéciles para los asesinos de verdad?

Pemán vuelve a do solía, que es a la casilla de Hijo Ilustre de Cádiz, lugar del que fue removido por el ayuntamiento gaditano en el tiempo de los Kichis, en virtud, como sabemos, de la aplicación de la funesta ley de memoria histórica, ese bodrio jurídico que dictamina quién debe ser borrado de la historia y quién no en función de su manera de pensar y actuar. Los necios que llegaron a gobernar la ciudad más antigua de Occidente –y que lo hicieron gracias al apoyo del PSOE, siempre al quite para promocionar lo peor– y los que gobernaron la vecina Jerez –estos sí, socialistas sin más– borraron a Pemán del listado callejero, de las placas conmemorativas, del archivo de Hijos Predilectos y hasta del vestíbulo del Teatro Villamarta. La sandia de la alcaldesa jerezana de entonces reconoció no haber leído ni una línea de la obra ingente de Pemán, y algún concejal gaditano vomitó afirmaciones como la de que era un fascista y un asesino. Pemán, asesino. ¿Qué dejarán estos imbéciles para los asesinos de verdad? Lo cierto es que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, tras el correspondiente recurso de los nietos del autor, ha rectificado al consistorio de Cádiz y ha sentenciado que la memoria democrática no puede ejercerse sin rigor jurídico ni suficiente motivación. Resulta interesante porque viene a decir que no basta con la identificación concreta de una figura histórica a uno de los bandos de la Guerra Civil para postergarlo absolutamente de la vida ciudadana. El informe mediocre –y supongo que caro– que manejaron los Kichis y que confeccionó una empresa llamada Balteus no aportó evidencias que hicieran inevitable el arrinconamiento del escritor. Cuando a Pemán se le premió –y fue distinguido como Hijo Predilecto–, no se hizo por su labor política o activista durante el tiempo de la República, la guerra o la dictadura: alcanzó esa distinción por su inabarcable obra y por su producción intelectual, a todas luces instalada en la excelencia. No es de recibo, por tanto, reescribir biografías y revisar de forma retrospectiva los diferentes honores que fueron concedidos años atrás si no se hacen con sólidos criterios jurídicos, como es el caso. No basta la voluntad cainita de unos adolescentes intelectuales con ganas de ganar guerras pasadas para reescribir vidas ilustres mediante simbolismos ridículos. Tan absurdo como desplazar a Pemán del imaginario colectivo habría sido hacerlo con Alberti por haber aplaudido ciegamente a un asesino descomunal como Stalin. Cada uno fue hijo de su tiempo y de sus errores, pero el valor indudable de su obra hace que el nombre de ambos deban estar por encima de disputas políticas. Reconocer sus indudables méritos no tiene por qué conllevar o compartir sus ideas.

La ley de memoria histórica, engendro ruin del zapaterismo, hoy amplificada por el sanchismo, es una afrenta rencorosa y sucia a la convivencia de los españoles. Sólo deseo que su derogación sea una pronta realidad. Y que no hayan tirado las placas donde se señala por dónde pasó Pemán.