artículo
 
 
Carlos Herrera  
ABC, 6 de marzo de 2026
Sánchez sale de cacería

Es natural en los jardines izquierdistas odiar a los norteamericanos y a los judíos

La inabarcable cantidad de estrategas políticos que susurran al oído de Sánchez cada amanecer –la mayoría de las veces pamplinas– le han sugerido que no deje pasar la extraordinaria oportunidad que le brinda la guerra de Oriente Próximo para marcar paquete en la abarrotada discoteca de la política occidental. A Zapatero le fue bien aquella trampa de 'No a La Guerra' que siguieron bobaliconamente cineastas, trovadores y simpatizantes: sin olvidar los atentados del 11-M, le puso a tiro unas elecciones que tenía perdidas. ¿Por qué no ahora, aprovechando que dos países odiosos para todo progre –EE.UU. e Israel– se lanzan a la guerra, quitarle el polvo a aquella iniciativa y movilizar al perezoso votante de izquierdas? Manos a la obra. Este sujeto nuestro va perfilando la figura internacional que quiere ser y lo hace en función de eventos imprevistos: si Trump mueve un peón negro, él hace el movimiento contrario con uno blanco para así crearse el papel de una suerte de Superman de los pobres, de los desheredados, de los invadidos… y de los hombres justos que no quieren la guerra. «No a la Guerra»; es que suena bien. ¿Y quién va a no querer estar contra las guerras? Es cierto que el eslogan es un poco viejuno, pero su público está deseando dejarse convencer por algún elemento movilizador, por algo que despierte su infinita ansia de justicia planetaria, aunque la guerra sea en contra de una tiranía yihadista o de un régimen especializado en exportar terrorismo criminal. Forzosamente ese populismo de adolescente gusta a la parroquia izquierdista, extrema o no, la cual no se deja seducir por argumentos de realismo político: precisa grandilocuencia moralista con la que convencerse de que está en el lado correcto de la historia para que luego venga Susan Sarandon y se excite y se lo diga. Es natural en los jardines izquierdistas odiar a los norteamericanos y a los judíos, defender a déspotas totalitarios y justificar los comportamientos criminales de regímenes siempre que estén perfumados de revolución socialista o algo semejante; en función de eso mismo, la oportunidad ha venido como un regalo inesperado a un individuo sin escrúpulos ni moral que no duda en poner en peligro los intereses de todos los españoles a cambio de mejorar sus expectativas personales. Veremos cuál es el alcance de la factura a pagar.

Sánchez ha salido de cacería a pillar a lazo al progre fanático y al progre perezoso que en estas últimas elecciones ha preferido quedarse en casa. Podría formar parte, si es eso lo que usted se pregunta, de una estrategia preelectoral: ante el desquiciante calendario judicial que le espera, una movilización populista más o menos entusiasta podría invitarle a probar suerte y convocar elecciones. Me cuesta creerlo pero con este despreciable individuo todo es posible.